25 marzo 2009

Mandala

17 marzo 2009

Los amos del mundo

El escritor Arturo Pérez-Reverte (de quien os recomiendo La tabla de Flandes, La Carta esférica, El club Dumas o la série de El Capitán Alatriste, entre muchas de sus novelas) publicó en “El Semanal” hace ya 10 años, el 15 de noviembre de 1998, una impresionante profecía de la crisis económica que estamos viviendo actualmente en el siguiente artículo:

LOS AMOS DEL MUNDO

"Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro del computador, su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o de un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro.

Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio -o al revés-, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.

Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará a usted el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo; porque siempre ganan ellos, cuando ganan, y nunca pierden ellos, cuando pierden.

No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tiene que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro.

Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder; el riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.

Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días.

Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.

Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces -¡oh, prodigio!- mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no.

Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda.

Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la pagan con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con sus puestos de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.

Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.

Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza."

¿Habéis oido hablar de la crisis NINJA?



En este video se explica bien.

Leopolo Abadía, autor de esa teoría, se está forrando vendiendo en las librerías esta ingeniosa y ¿por qué no? lúcida interpretación de la realidad.

Este es un blog de Filosofía, para seguir filosofando fuera de clase. Y eso puede hacerse sobre la filosofía, la política, la epistemoplogía, la ontología, la ética, la psicología, y también sobre la economía, o sobre el fútbol... bueno, no, sobre fútbol no hay de qué hablar, el debate sólo se da entre dos opciones posibles, y a la única opción posible le falta rival de mérito.

16 febrero 2009

El camino que recorre Descartes

Esto no es todo lo que hay que saber, pero sí debéis saber todo esto. Es un resumen que me ha servido también para 1º de Bachillerato otros años. Ahí va:
Descartes, filósofo francés del siglo XVII, cree que la filosofía ha ido dando tumbos durante sus 23 siglos de historia y que por ello no ha llegado a ningún conocimiento absolutamente cierto sobre las grandes cuestiones que se plantea. La razón de esto, piensa, es que no ha seguido un método adecuado, como hacen las demás ciencias, que sí han ido acumulando conocimientos. Escribe su obra más conocida, el “Discurso del Método”, para encontrar una solución: el método adecuado para hilar ordenadamente nuestras reflexiones.
Propone cuatro reglas para la búsqueda filosófica, la primera de las cuales es que “sólo se admitirá como verdadero aquello que resulte evidente”. ¿Cómo saber que algún conocimiento es evidente? cuando éste es indudable; ¿y cómo saber que es indudable? dudando y comprobando si resiste la duda. Así pues, se propone dudar de todos sus conocimientos para ver cuáles de estos son evidentes.
Duda en primer lugar de aquellos datos que provienen de los sentidos, y observa como estos a veces nos engañan (un bolígrafo dentro un vaso de agua “parece” torcerse); si a veces nos engañan, no podemos considerar que su conocimiento es indudable, tenemos que sospechar que otras veces también lo podrán hacer. Se plantea después si los conocimientos fruto de la razón son evidentes y considera que esta también a veces nos conduce a errores (un ejemplo serían las paradojas, como la que se produce con la expresión “lo que estoy diciendo es falso”, puesto que si es verdadera es falsa, y si es falsa resulta verdadera). Pone en entredicho también la existencia de Dios, en quien él cree pero otra gente no, pues su existencia no es evidente. Por último, incluso su propia existencia no es evidente... ¿y si no es más que un sueño?. Nada parece resistir la prueba de la duda.
Pero llega, al fin, a una primera evidencia: viendo que está dudando, pensando, es evidente que existe algo que piensa y afirma “pienso, por lo tanto existo” (cogito ergo sum). Ya ha logrado la primera evidencia que buscaba: existe su pensamiento. Pero todavía duda de todo lo demás (que exista su cuerpo, que los sentidos o la razón nos informen bien, que exista Dios...). Ahora deberá sacar consecuencias de esta evidencia. Aplica las otras tres reglas del método, llevando a cabo deducciones a partir de esta primera intuición..
Observando qué hay en su pensamiento dice que este contiene “ideas”. Las ideas pueden ser adventicias (que provienen de aquello que hemos conocido con los sentidos: la idea de mesa, de río...), ficticias (fruto de la combinación que hacemos con la imaginación de las ideas adventicias: la de centauro, de gigante...) e innatas (aquellas que no provienen de lo que hemos conocido ni de lo que hemos creado nosotros: la de infinito, de perfección, de Dios...). Considerando estas últimas, razona: si yo soy un ser imperfecto, ¿cómo es que tengo en mi mente la idea de perfección? ¿de dónde proviene? La debe haber puesto en mi mente un ser perfecto. Así, demuestra que existe un ser perfecto, Dios, como aquel que ha puesto en mí las ideas innatas. Ahora ya sabe a ciencia cierta que existen dos cosas: su pensamiento y Dios, pero sigue aún dudando de todo lo demás. ¿Existe el mundo material, existen los otros humanos, existe -piensa- mi cuerpo?
Analizando el concepto de Dios ve que Éste es un ser perfecto, por lo tanto bueno, y cree que no le habrá creado a él, Descartes, para que viva engañado. Así, si a él le parece que tiene cuerpo, que los sentidos y la razón no le engañan, será así. Dios es, pues, la garantía de veracidad de aquello de lo que había dudado.
Descartes acaba creyendo en todo aquello en que creía en un principio: en los sentidos, en la razón, en Dios, en su existencia... pero la diferencia es que ahora lo cree por haberlo demostrado por sí mismo y no por lo que le hayan enseñado. A esto se denomina tener una actitud crítica, no creer las cosas por la educación, por la costumbre, sino cuestionárselas y creerlas por un mismo.
Todo esto no lo aprendió en La Flèche, seguramente la mejor escuela de Europa en el siglo XVII.
Tal vez -penseis- no fue un alumno aventajado.
Para salir de dudas, ahí van sus notas de graduación:

15 febrero 2009

DESCARTES




Hace ya unos años que Juan Diego Pérez me regaló este cómic de Descartes.
Habitualmente explicaba el recorrido del pensamiento del francés al principio de 3º de BUP y aún hoy en 1º de Bachillerato, como ejemplo de lo que significa ser crítico. Descartes se propuso quedarse sólo con aquello que apareciese a su mente como claro y distinto, es decir, evidente. Para ello debió poner en tela de juicio todo aquello que la educación y el sentido común le habian hecho creer. Aplicó así la primera de las cuatro reglas de un método que le iba a permitir llevar a la filosofía por el camino seguro que no habían abandonado las demás ciencias.
Pincha en cada una de las 3 páginas para visualizarla con todo detalle:


¿Has probado a hacer tú lo mismo?¿tiene algún fin esta duda metódica universal?
Pienso, luego existo, luego existe una cosa que piensa, luego esa cosa que piensa soy yo, luego yo existo... todo eso es lo que sueño que piensa un personaje con peluca en uno de mis sueños, y... vaya, suena el despertador, desaparece el personaje con peluca.

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